¿Sigo siendo yo? Colores primarios,identidad cartesiana y conciencia en La Sustancia

Cynthia Salgado |  CC BY-NC-SA 4.0 

Tenía muchas ganas de ver La sustancia. Por un lado, me intrigaba su propuesta de crítica a los estándares de belleza; por otro, me interesó su estética retro-futurista —una especie de distopía con aire ochentero. Además, confieso que me llamaron la atención los memes protagonizados por Margaret Qualley… ¿Son los memes una nueva forma de crítica cultural? Quizás, pero esa es una reflexión para otro momento.

Lo que encontré fue más complejo de lo esperado. La película parte de una tesis aparentemente simple: denuncia cómo perpetuamos los estándares de belleza que decimos rechazar. Pero rápidamente esa premisa se transforma para plantear preguntas mucho más inquietantes: ¿dónde vive la conciencia? ¿Qué pasa cuando el cuerpo y el yo dejan de coincidir? ¿Y si el verdadero conflicto no es estético sino existencial?

En este análisis propongo examinar dos ejes centrales de la película: el uso del color como lenguaje en sí mismo y la representación de la identidad femenina como entidad fragmentada.

El color como lenguaje

La Sustancia aprovecha el papel fundamental del color como lenguaje visual, y se aprovecha de ello para tejer una red de símbolos que enriquece tanto la narrativa como la caracterización psicológica de sus personajes. Veamos cómo se despliega esta paleta de colores, comenzando por el color dominante inicial.

Azul: la identidad como disfraz

La protagonista, interpretada por Demi Moore, inicia su recorrido vestida de azul. El color azul, tradicionalmente asociado a la calma, la razón y la melancolía, funciona aquí como una señal de imagen corporativa. En esta primera fase, la mujer aún funciona dentro del sistema que la formó: televisión, control corporal, vigilancia. Es una figura pública que sabe cuál es su papel.

Pero más adelante, cuando la versión joven creada por "la sustancia" usurpa su lugar, el azul sufre una metamorfosis. La nueva encarnación se apropia de este color, pero lo transforma: su azul es más vibrante, más seductor, casi artificial. El color se desplaza como un parásito y con él migra no solo la identidad sino el poder. Este nuevo azul ya no representa orden sino simulacro - es la perfección sintética que amenaza con reemplazar lo auténtico.

Este intercambio cromático revela una verdad más perturbadora que la simple pérdida de identidad: sugiere que la identidad misma es transferible, que puede ser copiada, robada y mejorada como un programa de computadora. El azul ya no es el color de la razón sino el de la reproducción digital. La protagonista original se ve despojada no solo de sus símbolos sino de su derecho a ser original - su azul, como su identidad, ha sido pirateado y actualizado a una versión 2.0.


Rojo: El cuerpo como trampa

El color rojo invade la película en sus momentos más intensos. Las paredes rojas, que parecen vivas, carnosas, casi uterinas, evocan tanto la sangre como el ciclo menstrual, un tema recurrente que simboliza el comienzo y el final de la vida "útil" de la mujer. (Aquí cabe hacer un paréntesis para mencionar una hermosa transición que ocurre en el mundo de las orcas: cuando la hembra llega a la menopausia, no se le descarta, sino que se le asciende de estatus social—pasa de ser reproductora a ser consejera y cuidadora). La biología se presenta como condición femenina determinante. Cuando le dicen a la protagonista que a los cincuenta ya no menstruará, el comentario revela su verdadera intención: señalar el fin de su valor como mujer según los parámetros del sistema que la ha "construido".

El rojo aquí trasciende la mera violencia. Encarna el castigo biológico, la maternidad frustrada, la menstruación como estigma. Las paredes no son simple decoración: simbolizan la jaula de la condición femenina. El cuerpo de la mujer se convierte en espectáculo y prisión. El rojo se alza como testimonio: es el cuerpo femenino transformado en envase tetra-brik: un recipiente desechable diseñado para consumo rápido, con fecha de caducidad impresa en su superficie.

Amarillo: lo transferible

Más sutil que el rojo o el azul, el amarillo aparece en detalles clave: un bolso, un abrigo. Pero estos no son accesorios inocentes. El amarillo se convierte aquí en el color de la transacción: aquello que se codicia, se compra, se intercambia.

Cuando ambas versiones de la protagonista disputan objetos amarillos, lo que está en juego no es el gusto sino el capital social: juventud, visibilidad, poder de seducción. El bolso es un trofeo. El abrigo, una segunda piel. El amarillo actúa como una advertencia, es el botín codiciado, el fragmento de deseo que migra de un cuerpo a otro.

En este punto, los tres colores ya no son simples códigos visuales: son una paleta narrativa que traduce una verdad más profunda.

Colores secundarios: la descomposición de la identidad

El rojo, el azul y el amarillo funcionan como arquetipos de la identidad original. Cada uno representa una versión específica del yo: el deseo, la obediencia, la vitalidad perdida. Estas versiones están separadas, pero unificadas en el cuerpo de la protagonista, funcionando como capas representativas de su conciencia.

Sin embargo, a medida que la película avanza, el cuerpo empieza a transformarse en algo que ya no puede contener una sola identidad. Es en este punto que aparecen con mayor fuerza los colores secundarios: verde, naranja, violeta, rosa. Estos no son colores “puros”, sino mezclas, y en ese sentido reflejan el estado de fusión caótica que toma el cuerpo cuando la conciencia comienza a desdibujarse. El naranja se asocia a lo sintético, a lo artificialmente vivo; el verde irrumpe en escenas donde lo mutado y lo orgánico colisionan; el rosa se desliza entre lo tierno y lo grotesco, como si estuviera contaminado por una inocencia torcida.

Los colores secundarios no representan nuevos sujetos, sino la imposibilidad de reconocer una identidad estable. Son el síntoma a colores de una conciencia que ya no puede decir “yo” sin preguntarse a cuál versión se refiere. Si los colores primarios afirman, los secundarios confunden. Son la señal de que el cuerpo ya no sostiene una sola narrativa. De ahí la potencia simbólica del vómito, de la viscosidad, de lo mestizo: ya no hay contención posible.

Elisasue: La conciencia descentralizada

Esta compleja red de símbolos y arquetipos se puede sintetizar en una tríada cromática fundamental, donde cada color representa una dimensión distinta de la identidad femenina:

  • Azul: el yo narrado, el yo institucional, la máscara de la identidad social: la mujer pública.

  • Rojo: el cuerpo biológico, la prisión del deseo, la carne sometida: la madre sanguínea.

  • Amarillo: el objeto codiciado, el poder en circulación, el fetiche: la musa mercantil.

La fusión de estas entidades, en lugar de reconstituir una totalidad, engendra una criatura monstruosa: un yo imposible.

En la secuencia final, el filme alcanza su clímax existencial cuando ambas versiones del personaje colapsan en una sola criatura grotesca. Esta fusión no es una simple amalgama física, sino una perturbadora alegoría de la fragmentación del ser. El cuerpo resultante, construido a partir de retazos de identidades superpuestas, representa la culminación monstruosa de nuestra obsesión por la perfección corporal.

Lo más inquietante es el detalle anatómico que la película nos presenta: en la espalda de esta criatura híbrida, aparece el rostro de la mujer original atrapado en un grito eterno. Este rostro desplazado no es un mero recurso de body horror; es la materialización visual de una profunda crisis existencial. La conciencia original, despojada de su lugar natural, ha sido literalmente relegada a la periferia de su propia existencia. Está viva, sí, pero ha perdido toda agencia: puede observar, pero no puede intervenir; puede sufrir, pero no puede resistir.

La conciencia ya no habita el rostro; habita la espalda. Ha sido desterrada. El yo, ese constructor de narrativas, se ha convertido en mero espectador de su propia historia.

Esta imagen cristaliza la tesis más perturbadora de la película: en nuestra era de reproducción técnica del cuerpo, cuando la imagen se vuelve autónoma y el envase físico se independiza de su habitante original, la conciencia no muere - sufre un destino peor. Se transforma en un fantasma atrapado en los márgenes de su propia corporalidad, un testigo impotente de su propio reemplazo. El cuerpo, diseñado para ser el vehículo del yo, se convierte en su prisión y, finalmente, en su tumba.

Epílogo: ¿Quién piensa cuando nadie es?

Una figura amorfa camina bajo luces industriales. Un cuerpo imposible: retazos de mujer, joven y anciana, carne que no encaja, gestos prestados, voces que se mezclan como hilos enredados. Este cuerpo, o sea, la criatura resultante del tratamiento en “La Sustancia”, no es una, ni dos. No es nadie, pero piensa. ¿Es esto suficiente para decir que existe?

Descartes escribió: “Pienso, luego existo.” El cogito cartesiano: una fórmula que prometía certeza absoluta sobre la existencia del yo. Pero ¿qué ocurre cuando ese pensamiento proviene de una entidad sin identidad fija, sin frontera entre sí misma y lo otro, sin una línea clara entre lo que fue y lo que es?

La criatura de “La Sustancia” piensa: lo sabemos porque dice: “Todavía soy yo.” El pensamiento no se ha extinguido. Persiste. Se pronuncia. Se recuerda a sí mismo. Pero ese “yo” que enuncia ya no corresponde a una única versión, sino a un palimpsesto de identidades superpuestas. La pregunta entonces ya no es si el pensamiento prueba la existencia, sino qué tipo de existencia está siendo probada.

Desde la lógica cartesiana, bastaría con ese pensamiento para garantizar la presencia de un yo. Pero aquí el pensamiento no apunta a un sujeto unificado, sino a una conciencia hecha añicos, la mezcla de muchas mentes. El monstruo habla, pero ¿quién habla en él? ¿La madre? ¿La hija? ¿Una nueva entidad emergente? ¿O simplemente un residuo psíquico atrapado en la repetición?

Lo que la criatura encarna es una forma de existencia post-subjetiva: piensa, sí, pero su pensamiento no apunta a una identidad constante, sino a una deriva. A un “yo” que es ruina, que es eco. Este ser no destruye la identidad cartesiana de forma frontal, sino que la pone en crisis: la estira, la subvierte, la lleva a un terreno donde el pensamiento puede existir como residuo.

Y aquí entran los cyborgs. Donna Haraway propuso en su Manifiesto que la figura del cyborg desmantela los dualismos fundacionales: humano/máquina, orgánico/artificial, hombre/mujer. El monstruo de “La Sustancia” encarna esta visión de manera literal: es una criatura creada por tecnología, pero no simplemente un robot. Es una amalgama simbólica, un cruce de líneas ontológicas. Como el cyborg, la criatura no puede sostener una identidad única porque su existencia está hecha de fragmentos: no sabe quién es.

Este ser no nos muestra simplemente una nueva forma de vida, sino una nueva forma de pensamiento: pensamiento sin sujeto. Una mente sin unidad. Una conciencia que sobrevive a la destrucción del yo. Que recuerda sin pertenecer. Que duda sin ser alguien. Y eso es lo verdaderamente monstruoso: no que piense, sino que piense sin ser nadie.

El “yo pienso” ya no garantiza la existencia de un yo. Quizás solo garantiza que el lenguaje sigue funcionando. Que las ruinas de la conciencia todavía emiten señales. Que el sujeto ha muerto, pero el código sigue ejecutándose.

Entonces, ¿quién piensa cuando nadie es?

Tal vez esa sea la pregunta que esta criatura deja flotando en la pantalla, justo antes de desaparecer en la última escena.


¿También te lo preguntaste?

Antes de seguir pensando, un poco de contexto:

La Sustancia (dir. Coralie Fargeat, 2024) es una película de body horror feminista que presenta a Elisabeth Sparkle, una ex actriz televisiva que se somete a un tratamiento experimental de rejuvenecimiento llamado “La Sustancia”. El procedimiento le permite “separar” una versión joven de sí misma. Sin embargo, esta versión comienza a vivir por su cuenta, y Elisabeth queda atrapada en un cuerpo mutilado y envejecido, mientras el yo más joven, bello, deseable y exitoso, toma el control de su vida pública. Lo que sigue es un proceso de desintegración física y mental donde las fronteras entre el yo original y la copia se desdibujan.

Con eso en mente…

1. ¿El yo necesita tener un cuerpo estable para existir? No necesariamente. La identidad cartesiana afirma que el pensamiento es suficiente para afirmar la existencia (“pienso, luego existo”), pero La Sustancia muestra cómo el yo puede persistir incluso cuando el cuerpo muta, se divide o se vuelve múltiple. El cuerpo deja de ser garantía de continuidad, pero la conciencia busca mantenerse.

2. ¿Una inteligencia artificial o un cuerpo clonado que piensa puede ser considerado un “yo”? Depende de qué entendamos por “yo”. Si seguimos a Descartes, bastaría con que piense. Pero si incorporamos otras corrientes filosóficas, como la fenomenología o la teoría cyborg, entonces el “yo” se constituye también por su relación con el entorno, el cuerpo y los afectos. En ese caso, no basta con razonar: hay que encarnar.

3. ¿Por qué da miedo ver a alguien convertirse en otra versión de sí mismo? Porque nos confronta con la idea de que nuestra propia identidad podría no ser tan sólida como creemos. La fragmentación del yo nos recuerda que somos procesos, no esencias. Y que el deseo de coherencia, de “seguir siendo uno mismo”, puede ser más un acto de fe que una realidad.

4. ¿Entonces la película refuerza o cuestiona a Descartes? Ambas. Refuerza la idea de que el pensamiento resiste incluso cuando el cuerpo se rompe. Pero, al mismo tiempo, cuestiona la ilusión de un yo indivisible. Lo que sobrevive no es una unidad, sino un eco —algo que piensa, sí, pero que no sabemos exactamente quién es.


Fuentes:



Este trabajo usa licencia CC BY-NC-SA 4.0 

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Cynthia Salgado

Diseñadora de pensamiento visual, narradora estética y exploradora del alma del diseño. Desde este espacio comparto ideas, símbolos y preguntas que nacen entre la crítica, el arte y la identidad. Escribo, diseño y acompaño a quienes desean construir marcas sensibles, con raíces profundas y ramas que se abren al viento.

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