Cómo ser tú mismo cuando todos te dicen quién eres
Cynthia Salgado | CC BY-NC-SA 4.0
Vivimos en sociedad, pero seguimos siendo individuos. Todos nos identificamos como “yo”, con nombre, apellido y nacionalidad, todo lo cual forma nuestra identidad y nos distingue de otros individuos. Esta multiplicidad, donde las personas tienen una identidad propia y diferente, pero también poseen un vínculo social que une a los unos con los otros es lo que se conoce como los procesos de socialización.
Hay quienes cuestionan el término “socialización”, pues consideran que reduce a las personas a un mero conjunto de valores, principios y normas sociales. Sin embargo, este proceso es fundamental para la continuidad de las sociedades, ya que transmite a los nuevos miembros las normas y principios necesarios para su permanencia. La socialización moldea a las personas según lo que una sociedad particular considera correcto. Aunque los cambios ocurren en el individuo, se hace hincapié en las necesidades del sistema social.
La socialización se define por las circunstancias específicas de cada situación histórica, así como factores como la clase social, el grupo, la época y el contexto; tal parece que esto significa que lo importante no es realmente el proceso, sino los mecanismos que lo desarrollan. Por ejemplo, una mujer campesina cuya vida gira en torno a la religión, que reflexiona sobre su condición puede llegar a dos conclusiones: primero, que bajo el pretexto de protección por ser mujer, en realidad se le somete y controla; y segundo, que se le enseña a ser conformista mediante la promesa del cielo y la vida eterna.
La socialización no cambia a la persona, la hace. Todo lo que define a un individuo es el resultado de este proceso histórico. Esta idea desafía el tradicional debate entre naturaleza y crianza, sugiriendo que el individuo y la sociedad se necesitan mutuamente. La sociedad no puede existir sin individuos, por lo que "la existencia de una persona implica necesariamente la existencia de una sociedad que la ha moldeado a través de su historia."
Este proceso también marca a los individuos con el sello del grupo social donde, históricamente, ocurre este proceso. A esto se suman dos clases de socialización: la primaria que es la que dse da dentro del grupo social donde nace el individuo, donde desarrolla su identidad, adquiere “su mundo” y donde se le imponen los esquemas que van a definir su realidad. La segunda clase de socialización se da cuando el individuo crece y adquiere conocimientos fuera de su núcleo; cuando entra en submundos como la escuela o la universidad, y que además, continúa a lo largo de su vida.
La adquisición de la identidad personal
Piaget hablaba de esquemas cognoscitivos, que, según él, surgían de la interacción del individuo con el medio, se quedaban con él, y continuaban evolucionando con él. Estos esquemas procesan la información y condicionan la memoria y los recuerdos, dando forma a la realidad. Por eso es que se dice que “cada cabeza es un mundo”: todas las realidades son diferentes y se forman y transforman a través de la vida. Existen también los esquemas de referencia, que se utilizan para evaluar la realidad, y son ampliados cada vez que se experimentan emociones, tanto positivas como negativas. A su vez, esta valoración se ve influenciad por los grupos sociales a los que pertenecemos.
La socialización primaria es fundamental en la construcción del YO. Durante esta se dan otros procesos, como la adquisición del lenguaje, la moral o la identidad sexual.
La identidad personal tiene cuatro características:
está referida a un mundo
se afirma en la relación interpersonal
es estable
es producto de la sociedad y del individuo.
El mundo de cada persona toma forma con la pertenencia a grupos: es hombre o mujer, de tal raza, de tal clase social, etc. Este contexto es importante para establecer la identidad, y fuera de su contexto, se desmorona. El yo es la esencia de las personas: tanto Juan, el niño de 9 años, como Juan, cuando es un adulto de veintisiete, sabe que sigue siendo Juan, y que su yo sigue siendo también el mismo, aunque quizá haya evolucionado. El YO es, a fin de cuentas, lo que hace a las personas “sentirse como ellas mismas”. Lo contrario a este proceso es la enajenación, que se experimenta como una pérdida de la propia identidad.
George H. Mead distingue dos tipos de formación del yo, que dejan de manifiesta la complejidad que existe dentro de nosotros: el “yo” (yo trabajo), y el “mi” (se refiere a mí). El “yo” constituye un sujeto frente a los demás, surge de la propia persona, y el “mi” constituye un objeto para los demás, es un reflejo de los otros. Ambos se relacionan intrínsecamente y representan la forma en que la propia identidad reacciona ante los demás con hechos y palabras. Decía Mead que el “mi” es anterior al “yo”, lo que explica la naturaleza social de la propia identidad. Morris Rosenberg decía que la identidad es la colección de todos los conocimientos que la persona tiene sobre sí misma, e incluye su valoración y estima. Sigue siendo un concepto social, y la estima por sí misma, surge la valoración de los demás, el comportamiento del individuo con otras personas, y como el individuo se ve a sí mismo desde los demás.
Socialización Lingüística
Varios autores señalan que el ser humano llegó a convertirse en humano (en un proceso llamado “de hominización”), mediante la adquisición del lenguaje. Los científicos marxistas crían que existía un enlace entre el lenguaje y la conciencia humana, por lo cual el lenguaje es esencial para el surgimiento del ser humano, pero este debate continúa en la actualidad: ¿es el lenguaje lo que separa al ser humano de otras especies? Malson estaba de acuerdo con esta afirmación, y decía que el caso de los niños salvajes lo confirmaba. Hubo otro experimento realizado con chimpancés y niños que fueron criados como hermanos que también apuntaba a la misma conclusión sobre el papel humanizador del lenguaje. Pero luego llegaron R. Allen y Beatrice Gardner y cuestionaron estos estudios debido a la imposibilidad de los chimpancés a desarrollar lenguaje hablado, mas no así a desarrollar otro tipo de comunicación, o lenguaje no hablado. En 1966, R. Allen y Beatrice Gardner compraron una cría de chimpancé y le enseñaron el lenguaje de señas americano, y al cabo de 5 años conocía 160 palabras. Además, usaba esas palabras para pedir que se le hicieran cosquillas o cariños. La conclusión de los Gardner fue que los chimpancés sí eran capaces de aprender un lenguaje y comunicarse, y que los fracasos previos no se debían a la falta de inteligencia del animal, sino al enfoque que se había seguido.
Beatrix y Allen Gardner con Washoe en 1966. Fuente
El lenguaje es un elemento crucial en la socialización, sea que se considere un factor que contribuye al desarrollo de la inteligencia, o que su ausencia se considere un truncamiento intelectual. El lenguaje es capaz de dar forma a la realidad de los pueblos. En las comunidades donde se hablan diferentes lenguas, los individuos perciben su “mundo” de forma diferente, al poner de manifiesto sus diferencias culturales. El lenguaje también se ve influenciado por las relaciones sociales, dando significado tanto a lo que se dice como a la forma en que se dice.
Uno de mis ejemplos favoritos que ilustra perfectamente como el lenguaje y la cultura modela la realidad de los individuos es la clasificación de los colores del pueblo Himba, de Namibia. Los Himbas no perciben el color de la forma en que es percibido por nosotros, por ejemplo, tienen más palabras para distinguir varios tonos de verde, que palabras para distinguir entre el celeste y el verde. Los Himba clasifican el color en 5 grupos:
Serandu: se usa para los rojos, cafés, naranjas y algunos amarillos
Dambu: varios tonos de verde, rojos, beige y amarillo. También se usa para referirse a una persona caucásica.
Zuzu: Son la mayoría de los colores oscuros, como negro, azul oscuro, rojo oscuro, etc.
Vapa: se usa para algunos tonos de amarillo y blanco.
Buru: se usa para describir varios tonos de azul y verde.
Socialización Moral y Sexual
También existe la socialización moral y la sexual. La existencia de la moral plantea muchas preguntas, por ejemplo, si la moral es innata o si se adquiere por medio de la interacción social. Las relaciones sexuales son, tradicionalmente, uno de los aspectos humanos más controlados, y cada grupo social establece reglas más o menos explícitas sobre cuándo las relaciones sexuales son aceptables y bajo que circunstancias y condiciones. En opinión de Talcott, el sistema controla estas actividades por considerar algunas prácticas “desviadas”. Según él, el control social permite un estado de equilibrio en el sistema, de forma que regula los valores y normas sociales, e internamente, en el individuo, promueve la conformidad.
Tradicionalmente, el matrimonio ha sido el marco social que aprueba las relaciones sexuales, sin embargo, se dan muchas situaciones en las que esa no es la norma, y entonces otros tipos de relaciones son aceptadas, como las de convivencia sin formalización religiosa o civil, o las relaciones que se dan entre personas solteras que contraerán matrimonio. La prostitución se considera un rito de paso para algunos hombres, y en algunas ocasiones las relaciones esporádicas también son moralmente aceptadas siempre y cuando sean de común acuerdo. Mientras tanto, otros tipos de relaciones sexuales siguen considerándose moralmente incorrectas, formal e informalmente: las relaciones involuntarias, la violación, la agresión sexual; respecto a esto hay datos alarmantes donde la violación se usa como una forma de represión política previo al asesinato de la persona.
Numerosos fenómenos ponen en contradicción un dato que se consideraba como obvio e incuestionable: se es hombre o se es mujer. Actualmente, se dan los casos de los colectivos homosexuales que desean ser reconocidos y aceptados dentro del esquema de su sexualidad alternativa, o los casos de personas transgéneros. Estos hechos llevan a cuestionar: ¿qué significa ser hombre?, ¿qué significa ser mujer?, ¿se puede definir la sexualidad desde un punto de vista ideológico y social? Toda diferenciación es socialmente deseable siempre y cuando la diversidad de los procesos humanos en su historia se sigan manifestando. El problema surge cuando la diferenciación sexual se practica como se hace en las sociedades latinoamericanas: se da una discriminación sexual que subordina a la mujer, su mundo y su desarrollo al proyecto de vida del hombre. La discriminación se da cuando las características diferenciadoras sirven para justificar situaciones de desventaja y cuando se utilizan para fomentar la dependencia e incluso la opresión.
En Latinoamérica hay muchos estereotipos y generalizaciones con respecto a los sexos, que tiene mucho que ver con la tipología machista: se tiene una gran valoración de la actividad genital, la agresividad corporal, el “valeverguismo” o indiferencia ante todo lo que no sea “macho”, el “guadalupismo”, que es una hipersensibilidad a la figura de la madre y todo lo que esta conlleva; lo cual es inmensamente contradictorio si se analiza como se trata a las mujeres que no son “la madre”. A la tipología del macho corresponde el síndrome de la hembra, o hembrismo, que tiene características tan aberrantes como el mismo machismo:
La mujer solo está para servir al hombre
Debe ser virgen y debe permanecer enclaustrada mientras es soltera, y una vez casada se debe dedicar exclusivamente al hogar
Debe ser sensible y cultivar la afectividad, ya que se le considera de intelecto inferior
Y para colmo de males, debe ser conservadora y religiosa, pues es la mujer quién debe conservar las costumbres culturales y espirituales vivas.
Esta forma de vivir la sexualidad es deshumanizante para ambas partes: reduce a la mujer a un producto de consumo y al hombre, a un primate que actúa por impulso. El gran problema con la tipología del macho es que se justifica alegando que es “natural”.
Del machismo surge la mitología sexual. Eleanor Maccoby y Carol Jacklin hicieron un estudio, por allá, en 1974, donde proponían que la identidad sexual es una construcción histórica. Las únicas dos características que asumen sobre los sexos y que son suficientemente verificadas, son la verbosidad femenina y la agresividad masculina, características que a veces se vislumbran desde la infancia.
Algunas diferencias sexuales infundadas acerca de la mujer y el hombre son:
Las mujeres son más sociables
Las mujeres son más sugestionables
Las mujeres tienen menor autoestima
Las mujeres son mejores para trabajos sencillos y repetitivos y los hombres son mejores para trabajos que requieren procesos cognitivos
Las mujeres son influidas por la herencia, los hombres por el medio ambiente
Las mujeres no tienen motivación de logro
Las mujeres son de carácter auditivo, los hombres son visuales
Diferencias comprobadas:
La mujer tiene mayor habilidad verbal que el hombre
Los hombres son mejores en tareas visuales-espaciales
Los hombres destacan en habilidades matemáticas
Los hombres son más agresivos
Estos mitos no hacen más que idealizar situaciones de abuso y discriminación:
El mito de la esposa amante: idealiza la sumisión de la mujer y su rol con respecto al hombre, y la confina en el hogar mientras el hombre es libre de realizarse a sí mismo. El mito de la mujer madre, donde se le atribuyen a la mujer características divinas por el simple hecho de ser madre: es abnegada, amorosa, santa, bella, etc. El mito del eterno femenino, que se usa para enmascarar el uso del cuerpo de la mujer como objeto y usándolo como excusa para comercializar el erotismo y la virginidad.
De las normas al comportamiento
Mucho de lo que consideramos moral puede verse como una forma de control. Las normas morales, aunque son sociales, están diseñadas para ser cumplidas individualmente. Los estudios se centran en cómo el individuo adopta estas normas. Una de las formas en que estas normas se manifiestan es a través de la disciplina de los padres, que moldea los deseos y necesidades del niño durante la infancia. Entre los dos y cuatro años, las madres ejercen presión sobre sus hijos para guiar su conducta, y generalmente, los niños obedecen.
La disciplina familiar influye en cómo los individuos establecen posteriormente las normas morales y su comportamiento en la sociedad. Aplicando disciplina inductiva, donde se explican las consecuencias de los actos al niño y se acompaña de afecto, el individuo desarrolla un sentido moral de responsabilidad personal. En cambio, un método basado en el castigo corporal hace que el individuo actúe moralmente por temor a las repercusiones.
Otra forma de aprendizaje es la identificación e imitación de modelos. Se considera que el niño moldea su comportamiento observando a los adultos, especialmente a sus padres. Según los teóricos del aprendizaje social, la imitación es un intento de adquirir poder y recursos para satisfacer sus deseos y lograr un equilibrio cognitivo.
Se han hecho estudios que demuestran que, a pesar del esfuerzo socializador del sistema, las personas aún actúan de manera inmoral. Por ejemplo, se ha observado que quienes presencian una emergencia no hacen nada por ayudar. En otro estudio, solo el 34% se opuso a seguir las indicaciones de un supervisor que implicaban órdenes inmorales o peligrosas para otros.
Los teóricos debaten esta paradoja: ¿cómo puede haber tanta discrepancia entre la socialización moral y su fracaso, entre las normas morales que la gente afirma seguir y su comportamiento real?
Algunos psicólogos afirman que la paradoja es falsa, ya que las normas no están interiorizadas. Otra teoría sugiere que, aunque se tenga el compás moral interiorizado, este pierde validez al no ver su aplicación en la vida real por parte de otros.
Este trabajo usa licencia CC BY-NC-SA 4.0
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